Aquellos meses en Birán: la profecía del río Colorado

20 12 2011

Cincuenta años han pasado de aquel hecho histórico en Cuba: la Campaña de Alfabetización, a partir de la cual tanto el país como quienes participaron en ella fueron otros.

Acerca de ello trata esta entrevista realizada por mi joven colega Leslie Díaz Monserrat a dos alfabetizadoras que tuvieron el privilegio de hacerlo en Birán, la zona en que nacieron y crecieron Fidel y Raúl Castro, perteneciente al oriente cubano. Allí estrecharon relaciones con la familia de ambos líderes, especialmente con la madre, Lina Ruz.

Elsa María Hernández Santos continuó con su amor por el teatro, como instructora de arte.

Dicen que quien se bañe en las aguas del río Colorado, ubicado en la zona de Birán —perteneciente ahora a la provincia de Holguín—, se queda para siempre ahí. Quizás esto haya signado las vidas de Elsa María Hernández Santos y Carmen Hernández Santos, dos hermanas que dijeron sí al llamado de Fidel para alfabetizar a toda Cuba.  También, por azar, les tocó llevar el conocimiento justamente al lugar donde  nació el líder de la Revolución Cubana y su hermano, Raúl Castro Ruz. Cincuenta años después hurgan en su memoria y regresan en el tiempo a aquel 31 de mayo de 1961, cuando llegaron a Birán.

Memorias de una alfabetizadora
A Elsa, con 23 años, le tocó ser la jefa de las briga­distas en el lugar, y liderar a aquellas muchachas que habían venido junto a ella desde Rancho Veloz.

«Fui ubicada en la casa de María, una prima de Fidel que aún vive, y por la cual siento un cariño muy especial. Sin embargo, enseguida simpaticé con Dominga, la abuela de esos jóvenes que cambiaron la historia de Cuba en 1959.»

De izquierda a derecha, Elsa María, María, la prima de Fidel y Raúl, y Dominga, en su última foto antes de morir.

—¿Cómo recuerda a Do­minga?
—Todavía me parece verla de pie, con sus piernas vendadas y peinada con un moño en la nuca. Desde el primer momento, entre las dos se estableció una relación muy especial. Ella había vivido en un lugar al que le dicen El Cedro, cerca del central donde habito, el «Quintín Banderas», en el municipio de Corralillo, conocido en aquel tiempo como el ingenio Ramona. Había venido en carreta desde Pinar del Río —hazaña que me pareció increíble—, y me hacía muchas veces los cuentos del viaje que la llevó hasta el oriente del país, el cual, según ella, duró nada más y nada menos que diez años.
«Era muy pícara, un poco resabiosa también. Recuerdo que sus blusas y la sábana de la cama estaban llenas de estampas de santos, que fijaba con alfileres. Quería mucho a sus nietos. Enseguida se encantó conmigo y quiso que fuera a vivir con ella.»
Las historias de Dominga y Elsa son interminables. Ambas se hicieron amigas, confidentes, familia. Mucho regañó la señora a la brigadista por padecer de mal de amores, y no entendía eso de andar enseñando en vez de estar casada. Hasta le dijo un día a Raúl:  «¿Tú ves lo flaca que está?, es porque tenía un novio que la abandonó y ahora la hace sufrir», cuenta aquella joven alfabetizadora que hoy peina canas.
—Entonces, ¿conoció a Raúl Castro?
—Era domingo y estaba ensayando con un grupo de teatro que tenían los brigadistas. Cuando llegué a casa de Dominga, me encontré a Lucre (Lucrecia Pulido Carreras, otra de las villareñas ubicada en Birán) riéndose con los cuentos de Raúl, quien la interrogaba sobre las historias del guajiro que ella alfa­betizaba. Estaban todos muy divertidos, y ella le dijo: “Raúl, esta es la brigadista que vive aquí con tu abuela”.
«Al principio estaba muy nerviosa, porque me resultaba increíble conversar con él en un círculo tan familiar. Le conté  sobre el trabajo que hacíamos en la Campaña de Alfabetización y del grupo de teatro que habíamos formado con brigadistas y campesinos de la zona. Queríamos recaudar fondos con las presentaciones para comprar un televisor para la escuela. Y fue Raúl quien nos lo mandó de regalo a los dos días de su visita.»
—¿Qué  significó para usted alfabetizar en Birán?
—Sin duda, viví una experiencia maravillosa. Pasamos mucho trabajo, pues la mayoría de los alumnos tenían problemas en la vista, pero todos aprendieron.
—Hábleme de sus alumnos, ¿a cuál de ellos le dio más trabajo enseñar?
—A Dominga y a Alejandro Ruz. Ella se negaba porque ya había dicho que no iba a aprender, y  tenía palabra; aunque lograba reconocer el nombre de sus nietos en el periódico.
«Alejandro era hermano de Lina, la madre de Fidel y Raúl, pero a veces se ausentaba de clases. Una vez quiso irse a trabajar fuera de Birán. Se enteró de que iban a hacer unas cooperativas cerca de Holguín, y de repente desapareció. Cuando llegó a aquel lugar, demostró su pericia en el manejo de tractores. Todo bien hasta que llegó a la oficina donde le harían el contrato. En aquel tiempo, muchas personas no sabían si Ruz se escribía con s o con z y quien le estaba llenando los papeles le preguntó. “Igual que lo escribe Fidel, porque soy su tío”, contestó Alejandro, e inmediatamente fue a parar a prisión por hacerse pasar por tío del Comandante en Jefe. Hasta allá tuvo que ir Lina a buscarlo, y desde aquel momento solo quiso llamarse Alejandro González.»
Sin embargo, cada alumno dejó en Elsa una huella peculiar. Todas las emociones, las evocaciones y las experiencias las perpetuó en su libro Birán: memorias de una alfabe­tizadora. Un texto que motivó la realización de esta entrevista. Tal vez porque muchas de esas historias convierten a ese lugar en un sitio ca­si fantástico, por la peculiaridad de la gente que allí vivían y por la hazaña de aquellos jóvenes que, de tanto enseñar, han hecho historia. Lee el resto de esta entrada »

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