…alfabetizar, alfabetizar…

23 12 2016

carnet-alfabetizadora-oslaida

Cuando se iniciaba la Campaña de Alfabetización, cuyo aniversario 55 celebramos, yo era una niña campesina de once años, quinto grado, con una cabecita llena de pajaritos y un mundo que se reducía a mi campo. En mi escuela rural dieron una explicación más o menos de lo que se trataba aquello y quisieron saber la disposición de cada cual. Yo interpreté las cosas a mi manera, al revés, y por supuesto, manifesté mi deseo de participar. Suponía que se trataba de una especie de milicias y que pondrían en mis manos algo así como una escopeta, por lo que yo andaría por todos aquellos caminos y maniguas haciendo disparos al aire, con lo que lograría asustar de madrugada a los campesinos de la zona y “a reír y gozar de lo lindo”. Me dio por creer, además, que me pagarían una fortuna con la cual saldríamos de tanta miseria.

Entonces, como buena Cucarachita Martina, comencé a elucubrar lo que me compraría. Mi padre había fallecido cuando yo tenía un año y mi madre quiso complacerme accediendo a darme el permiso sin saber ella tampoco muy bien de qué se trataba.

Me preparó una cajita muy bonita, estampada con flores rojas, la cual contenía una batica de casa, juego de short con blusita, cepillo de dientes, pasta, jabón, y claro, un paquetico muy bien envuelto con pedacitos de gasa de un mosquitero viejo y bien esterilizado por si acaso durante aquellos menesteres yo resultaba “señorita”. Y lo fui, de lo cual me percaté cuando me bañaba en el río Yumurí, en los campos de Baracoa. No se lo dije a nadie para evitar las risitas y la chivadera. Sí, porque casi sin darme cuenta fui a dar a Baracoa, y no como miliciana, sino como alfabetizadora.

Nunca fui consciente de la envergadura de la tarea en la que me había involucrado. Niña disciplinada, hacía lo que me decían y veía hacer: alfabetizar, alfabetizar. Finalmente, cinco personas aprendieron a leer y escribir entre regaños de mi parte y risas de la parte de ellos, los campesinos.

Los que me dirigían y hasta algún que otro campesino me regañaban como si fuera un muchacho, bueno…, no inspiraba el respeto de una adusta maestra, andaba todo el tiempo en short y por mi poco desarrollo físico tampoco usaba ajustadores. Adoraba andar descalza correteando aquellos parajes, ayudarles a lavar las ropas en el río asando camarones, espantar las iguanas para escuchar el corre-corre. Me sangraba la encía de tanto combinar piñas con anoncillos, cocos, de todas las frutas. A decir verdad, era una niña un poco marimacho.

Terminó la campaña y muchos lloraron mi partida, yo más que ellos. Me encantaba la aventura que vivía. Durante años mantuvimos correspondencia, pero el tiempo…

El viaje hacia La Habana lo hacíamos en vagones de caña que constituían un tren-longaniza. Se colaba el frío de tremenda manera por los huecos del piso de madera. Cada cual con la hamaca amarrada a donde pudo. Por donde quiera que pasamos la gente nos aclamaba, en particular los niños a los cuales lanzábamos latas de leche condensada, galletas de todos los tipos, golosinas que nos dieron para el viaje.

Yo seguía en la “luna de Valencia” sin explicarme muy bien a qué ibamos a La Habana. Ya en la capital, varias nos quedamos a dormir en unas oficinas del Vedado, nos despertaron para irnos a la concentración en que Fidel declaraba oficialmente a Cuba como Territorio Libre de Analfabetismo.

El regreso fue también en un tren-longaniza. Pasamos el 24 de diciembre rodando por las vías férreas. De ello recuerdo que era un día gris. En algún lugar del recorrido nos ofrecían comidas en cajitas. Ya sea por la cantidad a repartir, lo que presupone que las comidas fueron elaboradas con mucha antelación, o por aviesas intenciones de alguien, lo cierto es que se desataron unas diarreas generalizadas. Imposible detener el tren cada vez que alguien sentía deseos de ir al baño, teníamos que conformarnos con acudir a las rendijas de la madera que servía como piso a cada vagón.

Aun así yo era feliz. Imaginaba que al llegar en aquel “chorizo” a mi pueblito de Vega de Palmas, en Vueltas, una multitud me agasajaría. Entonces me asaltaba el delirio de grandeza. Llegúe con los primeros claros del día. No había nadie para hacerme los honores, solo mi hermano mayor que ni siquiera me vio, porque yo era un bólido en busca de la manigua. La culpa la tuvieron las dichosas cajitas de comida.

Pasaron años para que pudiera valorar aquello en que había participado más por aventura que por conciencia.

 

 


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