Dos viajes a Tetuán

27 01 2016

Tomado de vanguardia.cu

La vieja fortificación militar construida por el Gobierno españo en San Juan de los Remedios como parte de su sistema defensivo en Cuba.

La vieja fortificación militar construida por el Gobierno español, en el siglo XIX, en San Juan de los Remedios, constituyó parte de su sistema defensivo en Cuba.

 

Por Carlos Alejandro Rodríguez Martínez
—El próximo jueves 28 se cumplirán 163 años del natalicio del Apóstol de la independencia cubana. Se rinde homenaje hoy al autor de la crónica «El teniente Crespo», inspirada en los recuerdos del general Francisco Carrillo y en las proezas de Jesús Crespo Moreno, «el último en la huida y el primero en atacar». Y hoy también volvemos con Crespo a la hazaña del fuerte de Tetuán, a través de la palabra viva e intensa de José Martí.
Llegamos a Tetuán, Remedios, a través de una crónica del Apóstol. Volvimos sobre el camino que Martí solo recorrió gracias a los relatos vivaces del general Francisco Carrillo. Hemos de figurarnos la manigua de antaño, las tropas mambisas acechantes de la libertad, el desasosiego casi final de la Guerra Grande.
En este doble viaje a la crónica martiana y a la escena histórica reconstruimos los hechos. Y con el Apóstol imaginamos la toma del fuerte de Tetuán, «el día grande, que en piedras se ha de escribir».¹ Ahora anhelamos la palabra conmovedora del general Carrillo, capaz de contar como si volviese a ver lo que contaba.
Todo alrededor de Tetuán ha cambiado: el paisaje y las pocas gentes que todavía viven en el campo cercano. El antiguo camino del Príncipe estrechó sus límites. De Viñas a Rojas el paso abrupto fue cediendo lugar al bosque. Apenas los viejos tanques de agua de las locomotoras permiten imaginarse el remoto ferrocarril de vía estrecha, antaño protegido por la guarnición.
Entramos a Tetuán. Una casa, nada más, da paso al viejo fuerte. Ni la maleza excesiva de un siglo ni la ruina ni los mosquitos eternos impiden que uno devuelva las piedras a su sitio. Ni que la vida ni el combate vuelvan a sonar en el monte.
«A Carrillo le dolía que el fuerte aquel, que se alzaba orgulloso en el limpio (…) tuviera de defensores a los bomberos remedianos». De breña en breña sus 90 hombres se acercaron, sigilosos, a la pequeña fortaleza. «Era pelea de lujo, y Carrillo iba con Crespo al lado. (…)
«¿Por dónde se podrá entrar? (…) Crespo, de pie en un poyo, escala la torre, con ayuda de Carrillo. Ase el borde abierto, y por la boca les dispara adentro a los remedianos el fusil; todos los rifles le apuntan, y él se hecha entre ellos, “solo contra toda España”».
Crespo se lanzó, únicamente con su machete, contra la masa viva de enemigos. Hoy parece imposible que un hombre mal armado se abriera paso dentro de un fortín hostil, que venciera a todos los soldados, que llegara a correr el cerrojo y a abrir la puerta, ¡que sobreviviera!… «Hasta allí pueden ir las hazañas, pero más lejos de allí no».
EL TENIENTE CRESPO
Aunque Arcadio de Jesús Crespo Moreno había nacido en Caibarién el 10 de diciembre de 1846, nada le impidió luchar más allá de la antigua jurisdicción de Remedios. En febrero de 1869 se unió a las fuerzas revolucionarias que operaban en Mayajigua, luego pasó a Camagüey y siguió a Oriente para unirse con las tropas de Antonio Maceo. Y regresó al Camagüey.
Luchaba en los potreros de Jimaguayú el 11 de mayo de 1873 cuando cayó el mayor general Ignacio Agramonte. Después siguió a Francisco Carrillo a Las Villas y protagonizó, según el Apóstol, sus hazañas más gloriosas.
Siempre, dondequiera que luchara, «volvía del ataque, con la hoja sin puño, o no más que la empuñadura, o con un balazo en la hoja, o con el sable hecho una cuchara». Se tiraba así, con todo el cuerpo, contra el enemigo.
Había un furor indomable en su combate. Quizá Crespo no les perdonara a los españoles que hubieran matado a su padre de un hachazo. «“¡Veo a mi padre! ¡Veo a mi padre!” dicen que decía en medio del fuego, chamuscado de la pólvora, con la cabeza por sobre todos los demás, con el machete chorreando».
Y entre tantos combates Crespo apenas aprendió a leer y escribir. «Carrillo le enseñó las primeras letras que supo; porque aquellos hombres, el capitán y el cabo, el general y el asistente, se enseñaban a leer unos a otros, sentados en un tronco, con el dedo en el libro y el machete al lado».
Con 31 años, odiosas secuelas de la guerra y una tristeza incontenible por los rumbos de la Patria, Crespo firmó la paz del Zanjón el 18 de marzo de 1878. Luego se asentó en Remedios y fundó una escuela para niños pobres donde enseñaba todo cuanto él mismo sabía: las primeras letras. Y acaso sus lecciones inspiraran el respeto por los días arduos y heroicos de la manigua, e impidieran olvidar la contienda que solo había comenzado.
La memoria de sus hazañas se sostiene, si no en las palabras veraces de Carrillo, en la recreación vivaz del Apóstol. Y el viaje a la crónica martiana es  —aunque emprendamos el camino hoy— un viaje a la historia de los hombres que forjaron la independencia.
Ahora, en la vieja y pequeña «fortaleza» de Tetuán una modesta tarja recuerda: «Debido fundamentalmente a la labor heroica de Jesús Crespo Moreno este fuerte fue tomado por Francisco Carrillo el 23 de septiembre de 1874».
La memoria existe, pero los muros de Tetuán, cargados de tiempo, van cediendo. Y caerán, como no deberían caer, si nadie viene a sostenerlos.
¹ Todas las citas proceden de José Martí (1991): «El teniente Crespo», en Obras Completas, t. 4, pp. 365-370. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.
«Dos viajes a Tetuán» se basó, también, en la información recopilada por el sobrino nieto del teniente Crespo, Tomás Crespo Borges («Lo que no conoció Martí acerca de Crespo y sus hermanos», en Signos, no. 57, enero-junio, 2009).

 


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