Martí, el Héroe

19 05 2015

El 19 de mayo de 1895 ocurrió una de las mayores  tragedias que sufrió Cuba:  la caída en combate de José Martí. Se perdía así al hombre cuyo talento lideró los esfuerzos para “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América…”, según lo expresaba él mismo. Acerca de las circunstancias en que ello ocurrió escribe Mercedes Rodríguez, del periódico Vanguardia.

 

caída de Martí

Por Mercedes Rodríguez García

«La muerte engrandece cuanto se acerca a ella; y jamás vuelven a ser enteramente pequeños los que la han desafiado».
José Martí, Obras completas, tomo XIII, p. 306

Un verano, empezando el siglo xxi, lloré a Martí. Fue en Santiago de Cuba, un mediodía terrible de luz. Desde hacía ratos ya sentía ganas. No llanto numeroso, apenas un nu­blarse de los ojos. Desde el lucernario de la tumba más gloriosa de esta Isla, la vida entera del Apóstol cobró escenario en mi cabeza. Tres disparos; dos mortales en el cuello y en el pecho, por donde corren arterias mayores, y en el muslo. Lo vi caer mientras cabalgaba. Terminaba el drama de su vida. A nadie se le da la vida hecha.
La historia se ha contado muchas veces. ¿Cuántos le dispararon? ¿Desde dónde? ¿Ca­yó con vida? ¿Fue rematado? ¿Suicidio? Abundan las versiones. En un final su muerte fue divina, celeste, encandilada. Tal vez apetecida. De cualquier modo, muerte indócil, muerte osada. En Dos Ríos, ya se sabe.

VALOR MARTIANO

«Quienes fundan una teoría suicida solo piensan en vituperarlo», me respondió en 1978 Raúl García Martí, uno de los 18 sobrinos de nuestro Héroe Nacional, hijo de Rita Amelia, la quinta hermana del Apóstol, único descendiente directo residente en Cuba por aquel entonces, y autor del libro Biografía familiar de José Martí.
«Yo me adhiero a lo que contó Máximo Gómez en su diario. Él estuvo a su lado hasta poco antes de su caída. […] Enrique Collazo, quien termina embarcándose con mi tío hacia Quisqueya, fue muy injurioso al tildarlo de Capitán Araña, y decirle que al volver a encenderse la guerra, continuaría predicando la acción, pero sin ir al combate. Ahí está la respuesta a esa misiva: «Creo, señor Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que ya no me falta el valor necesario para morir en su defensa».

CONJETURAS

Por decir, se ha dicho y conjeturado bastante durante todo un siglo, incluso, que Martí pudo haber sido rescatado y salvado; que su caballo se desbocó y se lanzó hacia los españoles; que Martí cabalgó deliberadamente hacia las tropas enemigas para hacerse ma­tar «de cara al sol», como él mismo lo había vaticinado; que por qué creerle a Gómez cuyas relaciones con el Delegado estuvieron bastante tensas, antes y después de entrar en la manigua…
Y no hablemos de los abundantes artículos plagados de retórica literaria y fraseología sentimental, en torno a un hombre que nada tiene de incomprensible si se le estudia y proyecta en su tiempo, sin extrapo­laciones ni des­contex­tualizaciones, como sucede y ha sucedido; sin sobreponer el dato privado e insustancial a la órbita biográfica, independientemente de que la apreciación de un hecho o experiencia cualquiera dependerá siempre del punto de vista del que ve y juzga.

NO HAY UNA SOLA VERDAD

A caballo y con el sol en la frente se titula el libro donde el Dr. Rolando Rodríguez García explica, con detalles, la caída en combate de José Martí y reproduce los documentos que el Apóstol llevaba encima cuando fue abatido. (Editorial Capiro, Santa Clara, 2013)
El abogado, filósofo e historiador villa­clareño (Santa Clara, 1940), Hijo Ilustre de esta ciudad, tiene fama de imparcial y de decir la verdad, aunque para él, incansable rastreador de archivos en Cuba y otros lugares del mundo, «nunca hay una sola verdad», y esa idea «debería estar ya superada», como también, la de «imparcialidad y despo­litización». Eso sí, ha afirmado: «Jamás digo algo que sea de mi invención; siempre tiene que haber una base, algo en lo que pueda apoyarme, un documento o un testimonio, pero todo lo que digo tengo que poder demostrarlo».

MARTI, FIDEL Y ROLANDO

Urgida por incertidumbres particulares, más que otras planteadas por estudiosos de la obra martiana, incluyendo la de quienes ponderan —por encima de toda emoción— al estratega general en jefe de las tropas revolucionarias cubanas en la Guerra del 95, Máximo Gómez Báez, contacto vía telefónica con el Premio Nacional de Ciencias So­ciales 2007, y de Historia 2008. La llamada se cortó, pero en su móvil quedó mi número. A la media hora me localizó.
—Tengo enfrente su libro A caballo y con…, que me ha servido para aclarar muchas dudas sobre la muerte del Apóstol, algunas mías y otras de la historia. ¿Me autoriza Ud. a responderlas en forma de entrevista? ¿Alguna nueva investigación que pueda variar lo planteado o asumido al respecto? ¿Incertidumbres que no haya podido despejar aún?
—Todo se mantiene, la única duda que me queda es sobre cómo iba vestido nuestro Héroe Nacional, y que Gómez describe «de saco negro, pantalón claro, sombrero negro de castor y borceguíes negros», en lugar del sombrero de paja y la chamarra de dril ruso que llevara por aquellos días y describe el propio Martí.
—Bueno, eso sería un pormenor menor, le digo en un rejuego de palabras tratando de aliviar la presión que, contra el cierre de la edición, nos asalta a los periodistas.
—No le resto importancia, pero sabrás que esa duda se la planteé en una oportunidad al Comandante en Jefe, y con esa mirada pícara que él tiene me respondió: «A lo mejor, con lo limpio y escrupuloso que era, Martí mandó a lavar la ropa de tantos días…» Y no deja de tener razón, es una posibilidad.

CON EL SOL EN LA FRENTE

En el capitulo III del mencionado texto, el profesor titular de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana, miembro de número de la Academia de la Historia de Cuba, fiel a los documentos consultados, escribe: Por fin, el 19. Gómez retornó al campamento. Apareció en el lugar tarde en la mañana. […] El encuentro derivó en un pase de revista a las tropas agrupadas en el lugar […] desde su cabalgadura, habló Martí: quien dijo por Cuba estaba dispuesto a dejarse clavar en la cruz. Con la Revolución —aseguró Martí— «triunfará la verdadera república y el decoro del hombre.
La Revolución triunfará por la abnegación y el valor de Cuba, por su capacidad de sacrificio y decoro de modo que el sacrificio no parezca inútil, ni el decoro de un solo cubano quede lastimado. La Revolución trabaja para la República fraternal del porvenir. Sobre las filas heroicas la bandera de Cuba abatirá al opresor».
—Combate «rudo y mal preparado», escribió Gómez sobre Dos Ríos.
—…Quien también instruyó al Apóstol que volviera a la retaguardia, porque aquel no era su lugar. Bien sabía que su compañero, rebosante de voluntad de lucha, no era uno de aquellos centauros capaces de batir al enemigo con tajos poderosos de su machete o disparar el Remington de manera certera des­de la montura de su cabalgadura.
—Pero no creo radicara solo en esto la preocupación del Generalísimo.
—Claro, había algo mucho más determinante: el valor trascendente para la Revolución de aquella vida que, de hecho, tenía confiada y que, por tanto, debía preservar a toda costa.
—No era Martí hombre que por temperamento aceptara, como usted bien escribe, tal determinación, viniera de quien viniera.
—¿Acaso en Santo Domingo, cuando quisieron impedirle que se incorporara al campo de batalla, no había demostrado su decisión de enfrentar sobre el terreno el lance bélico y, en La Mejorana, cuando le plantearon que su puesto estaba en el exterior, no anunció que no abandonaría la manigua sin antes haber presenciado uno o dos combates? ¿Y acaso venir a Cuba no era participar en la lucha? ¿Acaso presenciar refriegas bélicas no excluía la posibilidad de quedarse en el campamento, de estar lejos del mosconeo de las balas?

A CABALLO

—Ya Ud. lo ha dicho, señalarle a Martí que estuviera ausente del peligro, resultaba exigirle en demasía a aquel hombre de nervio entero.
—En realidad, todo sugiere que Martí, después de la indicación imperativa de Gómez de que retrocediera, no se marchó del lugar. Seguramente, mientras se producía el primer choque contra la avanzada española, debió quedar a la derecha de la ruta que tomaba curso paralelo al Contramaestre, y a unos 150 metros de la margen del río. A su izquierda, hacia el centro del lance bélico y batido por la defensa española, bregaba Gómez con sus fuerzas.
«Posiblemente, Martí merodeó por el entorno en busca de la manera de aproximarse al escenario inmediato de lucha. Hasta que al fin, y sin que nadie se percatara, acompañado de Ángel de la Guardia, de quien se dice pasó a su lado después de cumplir una misión encomendada por Bartolomé Masó, y al que invitó a marchar con él a la carga, en arranque ardoroso se lanzó al galope en pos del olor a pólvora y el zumbido de los plomos».
—Sin duda, un blanco magnífico.
—Estaban a unos 50 metros a la derecha y delante del general en jefe de las armas cubanas cuando, sin saberlo, presentaron un blanco excelente a la avanzada española, que estaba envuelta por los yerbazales del campo de batalla. En la mano Martí solo llevaba, aquel mediodía, su revólver Colt con empuñadura de chapas de nácar, regalo de Pan­chito Gómez Toro. Al pasar entre un dagame seco y un fustete corpulento caído, los disparos de los emboscados dieron en el cuerpo del Maestro. La luz cenital lo bañó, soltó las bridas del corcel, y su cuerpo aflojado fue a yacer sobre la amada tierra cubana. Había acontecido la catástrofe de Dos Ríos.
—¿Cree que al caer todavía tenía vida?
—No, dos de los disparos fueron mortales. Su arrojo lo conduce a una situación en el campo de batalla donde la intensidad del combate es superior y, por tanto, las probabilidades de ser impactado por los proyectiles enemigos es mayor. Trágicamente Martí fue la única baja cubana en ese momento.
—Y ¿no disparó Martí ni una sola vez su revólver?
—De su revólver, atado al cuello por un cordón, no faltaba ni un cartucho.
—¿Y de Baconao, su caballo? Gómez hizo residir la causa del arranque de Martí en «su valor temerario y la fogosidad de su caballo».
—En cuanto a la fogosidad del caballo, aunque no debe ser la razón del avance impetuoso, resulta de interés conocer numerosos testimonios que reiteran el carácter brioso e incontrolable del corcel.
«Si bien algunos aseguran que la bestia procedía de las ocupadas a las fuerzas del coronel Copello, en Jobito, otra versión afirma que procedía de una recría de la zona de Guantánamo, y el año anterior, un primitivo comprador del caballo lo había devuelto a su propietario, ‘‘porque padecía el mal de asustarse y desbocarse’’. Este propietario se incorporó después a las huestes mambisas con sus corceles».
—No creo que Martí fuera un experto jinete…
—Si bien Martí no era un jinete consumado, tampoco era un inexperto. Desde su niñez había galopado y, de nuevo, durante sus viajes, lo había hecho muchas veces. Además, sobre todo, hay que pensar que de habérsele desbocado el caballo, hubiese llegado antes a las filas españolas y por los disparos re­cibidos por Martí y por el corcel de Ángel de la Guardia, se evidencia que marchaban delante Martí y detrás Ángel de la Guardia.
.—¿Qué fue de Baconao?, alguien me dijo que lo habían embalsamado.
—A Baconao una bala le hirió en el vientre y le salió por el anca. Sobrevivió y Gómez ordenó soltarlo en la finca Sabanilla, con la prohibición expresa de que nadie más lo montara. Era un tributo de respeto y cariño hacia Martí.

SIN UTOPÍAS

—¿Qué piensa de un posible suicidio de Martí?
—Hablar de la búsqueda deliberada de la muerte por parte de José Martí solo evidencia desconocimiento de su carácter, afiliarse a esa tesis únicamente puede conducir a pensar que lo suyo —y lo de todo revolucionario auténtico— consistía en utopías y que en él todo emergía de una veta romántica. Después de la acción de Dos Ríos solo quedaría un arrebato hijo de la frustración, de la obcecación, de la desilusión, porque lo hacían salir de la manigua. Se desconocería u olvidaría que Martí era un político depurado que sabía de litigios, ataques injustos y hasta de humillaciones, sin que esto lo condujera nunca a depresiones: por la sencilla razón de que no podía permitírselas.
—De hecho, nunca se le vio flaquear.
—Fue un luchador que se enfrentó, sin lirismo alguno, con temple y nervio, a la ad­versidad, y cuando se impuso la tarea de independizar a Cuba, sabía que su ruta se repletaría más de zarzas que de flores.
—Existen unos croquis del coronel Ximénez de Sandoval sobre la defensa del campamento, el combate y la retirada…
—En uno se aprecia con una línea de pequeñas cruces, a la orilla del bosque y frente a la 2ª compañía del batallón 2° Peninsular, lo que debió ser la cerca de cuatro hilos. Y, también, entre esta y la compañía, dos pequeños rectángulos a la izquierda del camino, que representan las avanzadas. La dislocada sobre el camino debe ser la macheteada y la situada más a la izquierda, cercana a la margen del Contramaestre, la que disparó contra Martí. Resulta muy probable que este haya avanzado paralelamente al camino y en la inmediatez de la sección española.
—¿Y entonces?
—Entonces, se escuchó la deflagración de unas armas que todavía resuenan en la historia de Cuba, y el Apóstol cayó.

—Terminaba el drama de su vida. ¿Ha llorado usted a Martí?
—Sí, cuando encontré en el archivo militar de Madrid las cartas que recibió. Entonces sentí que se me aguaron los ojos.

 


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