Jugar duro a ser mujer

14 02 2014

 

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Muchas, infinitas maneras existen de referirse al amor como infinitos son los poemas de tantos y tantos poetas, pero a mí me pareció mejor compartir esta historia de amor limpio, bucólico, sin afeites, de una jovencita campesina por su pareja. El mérito de saber interpretarlo y plasmarlo corresponde a una periodista camagüeyana, también muy joven,  María Antonieta Colunga Olivera, autora de un original blog al que les invito a entrar: Nube de alivio se llama.

Fuente: http://nubedealivio.wordpress.com/
— “Mira mamita, está cayendo en celo esa”

-—¿Cuál, Yudavis? —pregunta ella— y yo no puedo evitar mi carcajada porque una vaca responda a tal nombre.

Pero ellos ni se enteran. Están en la etapa en que el amor es nuevo aún, y perfecto, y la forma en que se miran o la manera eléctrica en que se rozan sus manos por entre los flecos de las sogas hace relucir hasta al lodo del cuartón de un modo que haría palidecer al más brillante set de Hollywood.

Porque esta no es —como me la “vendieron”— la historia de una adolescente que ordeña vacas. No. Esta es eminentemente una historia de amor, cosa igual de rara, y así como me sacudió habré de escribirla.

Al principio él habla por ella, porque la frena un poco la pena montuna y el no entender aún tanto revuelo de equipos de prensa en días consecutivos pasando a preguntarle, a filmarla, a fotografiar. Es normal, con apenas dieciocho el mundo debe parecer todavía muy grande y los periodistas gente importante. Cosa linda la inocencia.

Es que Ari, si se la mira bien, es casi-casi una niña. Una niña con la tez y el tamaño de Isapí, una niña que ya tiene un niño de dos años, una niña que se enamoró de un hombre rudo y por él abrazó las durezas de su oficio, una niña testaruda que no quiere despegársele al amor ni un segundo.

Fue así como empezó todo, con su “ay papito, yo quiero aprender a ordeñar vacas para andar contigo”. Era septiembre de 2013 y Yunieski dice que haló a Melliza, la más tetidura de las sesentaytantas reses que tenían allá, en la 12-14 de San Carlitos, y con esa la enseñó.

“Mira a Yolanda- me señala entre las siete de ahora- que pa’ sacarle leche hay que apretar durooo. Pero esa es de las de ella, y yo no se la puedo tocar porque si no se emberrincha conmigo. Cuando empezamos en San Carlitos nos dividíamos a partes iguales, entre ella y los dos hombres que trabajábamos. Veintipico para cada uno todos los días¡Y no le quite una vaca si no quiere lío!”.

No hay exageración en el cuento de Yunieski, lo sé porque ella se ríe pícara y hace con la cabeza ese gesto de “¡tú sabes!” que le hacemos las cubanas a nuestros hombres cuando marcamos terreno. Con toda la razón del mundo; si se levanta a las cuatro de la madrugada para el ordeño, si monta caballo al pelo como él, y pastorea el ganado, y llena las canoas, y hace le hace el tranque a los animales, y encima de todo eso lava, limpia, plancha…qué va a aguantar que le den una vaca de menos.

Luego, cuando nos sentamos ella y yo solas a chismear allá adentro, en la casita de madera con piso de tierra, yo voy entendiendo mejor que no es orgullo ni majadería de probarse, que es algo mucho más noble, algo hermoso.

Ya sin penas y hablando muy suelto me cuenta que vino de Guantánamo, que aún embarazada ayudó siempre a su padre a guataquear y se ponía “flojitica”, pero con todo y eso no paraba. Que no se haya si no es trabajando el día entero y que si no ordeña en las madrugada después le da dolor en las manos.

Yo se lo creo todo (con los guajiros pasa que no hace falta contrastar fuentes. Uno les mira a los ojos y sabe que es verdad). Ella sonríe ante mis asombros, cuando me cuesta entender que no se canse nunca, pero la explicación al inaudito no demora, más que nada porque ella no logra hablar de sí misma sin mentarlo.

“Nunca en la vida hemos discutido… lo mío es estar atrás de él, entre las vacas. A veces me pelea así, de cariño, que no me levante tan temprano o se va sutilito en la madrugá’ para dejarme dormir, pero ya al ratico yo me le aparezco atrás. Qué va, no me aguanto estar sin él en la casa. De broma le digo: ya yo sé hacer lo mío sola, así que cuando tú me dejes, pido unas vacas y ya puedo seguir criando a mis hijos sin tener que casarme más. Pero eso es solo para que se ría.”

Este 14 de febrero será que cumplan un año de casados, pero como esto intenta ser una entrevista para un periódico y no la historia común que me nace, yo tendré que decir antes que se me acaben las líneas que ella se llama Arisyén Leyva Matos y él Yuniesqui Ramírez Peláez, y que son cooperativistas de la ANAP en una CCS jimaguayuense de la que incluso olvidé preguntar el nombre.

Igual nada de eso me pareció esencial, si soy honesta. De este viaje y este diálogo guardo por sobre todas las cosas una envidia golosa, porque por un amor limpio así yo también iría al fin del mundo, a “tempranear” ordeñando vacas, sin cansarme nunca, que a fin de cuentas nadie se cansa en esta vida de ser feliz.

 


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