Defensa del lujo

27 12 2011

Les propongo la lectura de este ameno y profundo trabajo del escritor, ensayista y filósofo español Santiago Alba Rico, quien define el lujo como la desproporción entre lo que somos y lo que podemos. Se pregunta el autor si quienes poseen demasiados zapatos tienen más pies que el resto de los humanos (¿serán ciempiés?, me pregunto yo), si quienes son poseedores de múltiples y lujosas joyas ¿tienen más cuello, más manos, brazos..?

Léelo, que te gustará.

Por Santiago Alba Rico
Ilustraciones: Zardoyas

Santiago Alba Rico

Leía hace poco la noticia de que en uno de los palacios del depuesto dictador tunecino Ben Ali, su mujer, Leila Trabelsi, guardaba mil pares de zapatos de las marcas más caras y prestigiosas. ¡Mil pares de zapatos! La señora Trabelsi no era, no, un monstruo polípodo que caminase sobre dos mil tentáculos ―como quizá podría imaginar un arqueólogo del futuro que encontrase los restos materiales de la dictadura―; a la señora Trabelsi le pasaba como a la mayor parte de los humanos y le “faltaban” 1998 pies, con sus respectivas piernas, para lucir tantos calzados.

¿O le sobraban zapatos? ¿O es que tenía justo el poder que hay que tener, ni más ni menos, para desdeñar la relación que existe entre un cuerpo y un objeto? Era el privilegio de años de corrupción y saqueo: si Leila Trabelsi no podía tener más pies que el resto de los tunecinos, al menos podía tener muchos más zapatos.


Tampoco la novia de Cristiano Ronaldo, la modelo Irina Shayk, tiene más orejas, cuellos o manos que el resto de la humanidad, pero puede lucir pendientes, anillos y brazaletes de diamantes, regalo de su enamorado, por valor de 117.000 euros. En este caso, no es el número de joyas lo que apabulla sino el precio; y el gasto de Cristiano exige la colaboración de los periódicos y medios de comunicación, sin los cuales nadie repararía en esos tesoros.

¿Un albañil o un contable sienten menos amor por sus novias? Probablemente no; lo que les falta es precisamente el dinero que hay que tener, esa cantidad y no otra, para distinguirse de un albañil o de un contable. Si Irina y Cristiano no pueden tener más riñones o más hígados que el resto de la humanidad ―ni llevarlos por fuera―, al menos pueden colgarse de las orejas y de las muñecas, como en los pueblos bárbaros, miles de billetes de banco.

La desproporción entre lo que somos y lo que podemos se llama “lujo”, que literalmente quiere decir “exceso”. Todos somos casi nada y todos podemos algo más de lo que somos, incluso si tenemos muy poco: el más miserable de los seres humanos puede ponerse una flor detrás de la oreja o secarse al sol después de un aguacero de verano. Pero cuando esa desproporción viene definida por la posición social o económica en un régimen de desigualdad estructural, el “lujo” es al mismo tiempo una descomunal “equivalencia”. Me explico: al lujo no le falta ni le sobra nada. Ni le faltan pies ni le sobran zapatos; ni le faltan riñones ni le sobran billetes de banco. El lujo tiene exactamente el poder que hay que tener para demostrar que se tiene poder; tiene exactamente el dinero que hay que tener para dejar claro que se tiene dinero.

Para el sentido común, el lujo, en todo caso, está relacionado con la idea de gasto innecesario o suntuario, lo que constituye en realidad una redundancia, pues “suntuario” procede del latín sumptus, literalmente “gasto” o “desgaste” (en francés degat) o, lo que es lo mismo, “destrucción”. Se habla, por ejemplo, de los “daños o costes (dégats) de una guerra”.

Recuerdo que un interesante filósofo francés al que leí mucho cuando era joven ―George Bataille―, trataba de elaborar en su obra una teoría liberadora a partir de lo que el llamaba el “gasto improductivo”. Combinando de un modo provocativo a Marx, Nietzsche y Sade, reivindicaba todas esas formas de destrucción sin objeto, provecho o beneficio, que parecen situarnos al margen de una lógica puramente económica: el arte, la orgía, la guerra y el lujo.

Lo que olvidaba Bataille es que en el capitalismo el “gasto improductivo”, la “destrucción antieconómica”, juega un papel económico fundamental. Es la destrucción al margen de toda racionalidad contable ―desde la obsolescencia programada de las mercancías hasta la “doctrina del shock”, desde la aniquilación de excedentes hasta la producción y uso de armas letales― la que reproduce el sistema en su conjunto. Lo verdaderamente productivo para el capitalismo es el gasto, el desgaste, la destrucción.

Eso vale también para el lujo. Reparemos, por ejemplo, en que ―en medio de la crisis― el mercado de los productos de lujo no es solo el que menos inflación de precios ha experimentado, sino aquel en el que más ha aumentado la demanda. Mientras en España crece todos los días el desempleo (hay ya más de 4.300.000 parados), la gente pierde sus casas y los trabajadores sus derechos, leíamos recientemente la noticia de la creación de Luxury Spain, la Asociación Española del Lujo, presidida por Beatrice D’Orleans, quien recordaba que este sector había movido el año pasado 170.000 millones de euros en todo el mundo: “el lujo es muy difícil de derribar”. Además, añadía, genera empleo y promueve la actividad empresarial.

Pero si definimos el “lujo” como “gasto improductivo” o como la “diferencia entre lo que somos y lo que podemos”, debemos concluir, paradójicamente, que lo que el capitalismo no permite son precisamente los lujos. Lujo es igual a humanidad. La espectacular cola del pavo real es todo lo contrario de un lujo o un gasto improductivo: es la garantía del apareamiento y, por lo tanto, de la reproducción de la especie. Lo mismo pasa con los mil pares de zapatos de Leila Trabelsi o los 170.000 euros que Irina Shayk se cuelga de una oreja: no es que sean excesivos, es que se ajustan perfectamente ―como la exhibición del pavo macho― a su propósito reproductivo.


Un gasto verdaderamente improductivo solo puede serlo una inversión, al margen del sistema, en “humanidad”. La humanidad es un lujo. Es precisamente la diferencia entre la nada que somos y lo poco que podemos; todos esos gestos prescindibles para la vida pero necesarios para definirse, frente a la naturaleza, frente a los pavos reales, las Leilas Trabelsis y los Cristianos Ronaldos, como “seres humanos”.

Todos tenemos, por ejemplo, un cuerpo, que no es solo una convergencia de funciones orgánicas que hay que conservar, sino además un territorio, un lienzo, un gancho; podemos marcarlo, pintar sobre él, colgarle banderines, como a un país o a una fiesta. El “adorno” es un hecho definitorio de la cultura humana, un derecho de su dignidad sobre-natural. Colgarse 170.000 euros de una oreja es un gesto de barbarie y de animalidad; colgarse una semilla coloreada es una reivindicación de humanidad.

Entre lo que somos y lo que podemos, la humanidad es siempre suntuaria y suntuosa. Podemos imaginar muchos gestos lujosos, improductivos, que “ostentan” solo el poder que tenemos como simples humanos. El gesto de una madre que arropa a un niño que “no” tiene frío, ¿no es literalmente un lujo? El gesto de mirar a los ojos el cuerpo en el que nos fundimos placenteramente, ¿no es literalmente un lujo? El gesto de grabar en un árbol el nombre del enamorado, ¿no es literalmente un lujo? El de hacerse una trenza, el de ceder el asiento a un anciano, el de añadir un adjetivo, el de perdonar a un enemigo, el de poner un mantel, el de incubar un pensamiento, el de caminar muy despacio, el de velar a un enfermo, el de contar un cuento, el de compadecer a un asesino, ¿no son todos ellos literalmente un lujo?

El capitalismo nos prohíbe todos los lujos.

Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte.
Fuente: La Jiribilla


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