Mis recuerdos de la alfabetización

22 12 2011

Tenía once años y terminaba el quinto grado en una escuela multigrado —en Vega de Palmas, perteneciente al entonces municipio de Vueltas—, que, a pesar de su carácter de rural, tuvo siempre excelentes maestros. Era esa la razón por la que mis condiscípulos y yo al terminar un grado lo hacíamos con una preparación por encima de la mayoría de las escuelas del campo.

Cuando Fidel convocó a los jóvenes para la tarea de alfabetizar a los iletrados cubanos, yo no entendí muy bien qué era aquello. Solo alcanzaba a darme cuenta de que existía un gran alboroto en torno a unas brigadas que se iban a crear. Y, claro, me embullé. Di riendas sueltas a mi imaginación de niña soñadora. Pensé integrar un ejército. Yo tendría un rifle con el cual asustaría a mis vecinos que huirían aterrados ante mis disparos al aire.

La cosa fue tomando forma. Mi mamá (mi padre había fallecido cuando yo tenía un año) tampoco entendió mucho de aquello. Era una mujer campesina, viuda, demasiado atareada con cinco muchachos sobre sus espaldas.

Finalmente, me ayudó a preparar las cosas más por la intención de complacerme que porque creyera que me iba a marchar lejos. En realidad, ella pensó que aquello que no acababa de entender iba a ser cerca de mi casa.

Llegó el día y, acompañada de otra niña de la zona, mi maestra Iraelia Rangel nos despidió. Fuimos hacia Varadero donde estuvimos más o menos una semana recibiendo la preparación correspondiente. Recuerdo que mi condiscípula fue al baño. Nunca había descargado una taza. Me llamó para preguntarme. Yo había visitado con frecuencia La Habana y familiares “urbanos”. Así que descargué y ella se asustó mucho ante aquel estruendo.

En tren partimos para Santiago de Cuba. Cuando ambas familias supieron que nos íbamos “lejos” corrieron hasta Santa Clara, pero ya era tarde. En camiones estábamos llegando a Baracoa.

Pasamos por la loma de La Farola tarde en la noche. Era para asustarse, más no sentí miedo por mi inexperiencia. No se veía nada, si acaso algún bohío en la penumbra, por allá abajo. Era una vía muy estrecha. Sigo sin explicarme cómo hacían dos carros para darse cruce.

Una vez en los campos de Baracoa, caminamos mucho, y como era la más pequeña del grupo, dijeron que sería la primera en ser ubicada, pero otras más avispadas se fueron quedando en las casas en las que se solicitó brigadista, y fui la última. Buena familia. Muchachos de mi edad más o menos. Los niños se relacionan rápido. Al día siguiente ya retozaba con ellos y jugaba a los “agarraós”. Estaba en un lugar llamado Vertientes, próximo a Maisí.

El dueño de la casa era un hombre en extremo serio, tenía dos mujeres hermanas entre sí, a cada una de ellas le había fabricado una casa confortable y con cada una tenía hijos. Yo me movía de una a otra. Comía igual en una u otra. Total,  que todo venía del mismo bolsillo. Fui muy bien tratada. Alfabetizaba de noche a varios vecinos; uno de ellos, Primitivo, tenía un interés muy especial en aprender y lo hacía a una velocidad extraordinaria.

Un buen día, me bañaba en un río llamado Yumurí, y descubrí mi primera menstruación, pero no dije nada a nadie para evitar risitas; así que me las arreglé como pude.

Por problemas organizativos fui ubicada más tarde en otra zona, Guandao. Cuando llegué a aquella casa casi al anochecer, me pareció que esos campesinos estaban sorprendidos. Nunca supe si para bien o para mal. Deduzco que cuando se espera a un maestro en toda la extensión de la palabra, no debe ser nada agradable ver aparecer una “vejiga” de once años, de baja estatura y poco desarrollo físico.

Eran campesinos dueños de cafetales con una buena casa en la que yo tenía un cuarto para mí solita. Todos sus hijos eran mayores que yo, pero las más chicas se me acercaban en edad.  Algunas de ellas nunca habían bajado a Baracoa.

Allí estuve la mayor parte de la Campaña.

Ayudaba a recoger leña, retozaba, daba clases de noche. Comía mucho fongo con manteca de coco, y un fruto al que llamaban mapén o guapén, que se come como vianda hervida, también con manteca de coco. Tenía una boca bendita. En las mañanas lo mismo comía masa de coco, anoncillos, piña. Al final terminaba con los labios y la lengua ardiendo.

La dueña de la casa no aprendía de ninguna manera, y yo me impacientaba —once años— y a ella le daba por reír. Solo aprendió a firmar.

Ese matrimonio me sobreprotegió, me mimó, me malcrió. Sin embargo, a aquel hombre los hijos le tenían un respeto sin límites. Era en extremo severo. Cada mañana, al levantarse le pedían la bendición, lo que en la cotidianidad quedaba reducido a un: “ción apá, ción amá”. Claro, aprendí a hacer lo mismo, solo que cuando yo lo hacía él se reía a carcajadas y se ponía colorado de tanto reír. Era un hombre muy rubio, cincuentón y buena gente.

Finalmente, alfabeticé a cinco personas.

No puedo olvidar el regreso a La Habanaen aquellos vagones de ferrocarril. Hamacas amarradas por doquier. El frío que se colaba por las hendijas del piso de madera. Nos habían entregado alimentos enlatados diversos, los cuales se los tirábamos a los niños que nos saludaban a nuestro paso.  Al fin en La Habana. Y yo viviendo todo aquello como una suma de acontecimientos que no acababa de  asimilar. No estuve cerca de la tribuna, pero oía a Fidel en medio de aquel bullicio.

El regreso también en vagones de ferrocarril.

La llegada a casa fue muy emotiva. Se reunió toda la familia. Hubo cerdo asado, pero yo seguía como atontada.

La realidad es que me quedó una gran insatisfacción: hubiera querido tener más madurez en aquel momento para calibrar mejor la dimensión de la tarea en la que me había involucrado más por aventura que por convicción.

Pero sí siento un gran orgullo de haber participado en aquel acontecimiento histórico, a partir del cual fuimos otros todos los cubanos, los que enseñaron y los que aprendieron.

 

 


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