Juana Borrero, una adolescente gloria de Cuba

8 03 2011

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Juana Borrero

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Pío

 

 

 

 

 

 

Carlos Pío Uhrbach

El 9 de marzo de 1896 falleció esa gloria de Cuba que fue Juana Borrero. Cuando esto ocurrió la adolescente no había cumplido aún los 19 años, y solo llevaba dos meses de residencia en Cayo Hueso, adonde había emigrado dado el quehacer libertario de sus padres. Allí se halla el modesto sepulcro que guarda los restos de la atormentada muchacha.

La Borrero fue considerada una niña prodigio, pues antes de los diez años ya había despuntado como poetisa y pintora.

Muy temprano aún, incluso antes de entrar en la adolescencia, Juana era conocida por sus numerosos poemas, sonetos de amor cargados de tormento y melancolía; y entre sus tantos dolores no faltaba el de la Patria, que compartía con su padre Esteban Borrero, por lo que ella resume la estirpe patriótica y literaria de su talentosa familia.

Muy enferma ya, escribe a su novio, el también poeta, Carlos Pío Uhrbach —ya en los montes de Cuba incorporado al Ejército Libertador— una triste carta en la que le suplica que vaya a verla, porque “la sierpe que llevo oculta en el pecho me muerde…”. Claro que esto era bien difícil de cumplir para quien luchaba en la manigua cubana.

Y no pudo el novio llegar a tiempo. Tuvo que conformarse entonces con visitar la tumba de la muchacha amada.

Pese a que gran parte de su obra se perdió, perdura lo que se considera su testamento lírico, Ültima rima, escrito poco antes de fallecer, cuyas estrofas reflejan su pesadumbre:

 

Yo he soñado en mis lúgubres noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
con un beso de amor imposible
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.
Yo no quiero el deleite que enerva,
el deleite jadeante que abrasa,
y me causan hastío infinito
los labios sensuales que besan y manchan.

¡Oh, mi amado!, ¡mi amado imposible!
Mi novio soñado de dulce mirada,
cuando tú con tus labios me beses,
bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

Dame el beso soñado en mis noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
que me deje una estrella en los labios
y un tenue perfume de nardo en el alma.

 


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