Agua: La clave de la vida está en el aire

19 01 2011

Por Mario Osava
(IPS)
nube animada 1El agua, que decide nuestra vida o muerte, no está en ríos y lagos, sino en el aire. Es lo que se deduce de la creciente frecuencia de catástrofes causadas por las sequías o lluvias excesivas, como las que mataron a más de 600 personas en ciudades montañosas cercanas a la ex capital brasileña.

Calles convertidas en ríos, casas y vehículos hechos balsas, cerros soterrando barrios enteros, carreteras e incluso parte del centro de Nova Friburgo, ciudad poblada por inmigrantes suizos, y muchas zonas sin agua potable ni teléfonos componen la tragedia que puede ser la mayor de esa naturaleza en Brasil.

Desde el martes y hasta este sábado ya se contaban más de 600 muertos, pero la cifra puede aumentar mucho cuando se logre excavar el fango en poblados donde aún los agentes de defensa civil siquiera lograron llegar. En enero de 1967, derrumbes por estas mismas causas también dejaron una cantidad similar e incierta de muertos en Río de Janeiro, capital de Brasil hasta 1960.

En São Paulo numerosos barrios sufren inundaciones también desde el martes, un desastre que se repite varias veces al año en la mayor metrópoli brasileña, con 11,2 millones de habitantes. La vecina Franco da Rocha, de 130.000 pobladores, vive hace cuatro días bajo el agua.

Lluvias torrenciales en el sudeste de Brasil coinciden con sequías en otras partes, incluyendo la Amazonia, conocida por su extrema humedad.

                                                 nube animada 2

Bastaron algunos meses de estiaje prolongado en el semestre pasado en el oeste amazónico de Brasil para dejar 40 municipios aislados en situación de emergencia por falta de transporte fluvial, alimentos y agua potable.

Esta sequía no se puede atribuir al fenómeno de El Niño, que calienta las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial y fue muy blando el año pasado, según climatólogos como José Marengo, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), preocupados por la sucesión de tres sequías amazónicas desde 1998.

También el extremo sur de Brasil sufre desde octubre una sequía que aún sigue afectando su agricultura. El fenómeno La Niña, el opuesto de El Niño, sería una de las causas, sumada a una ruta de los vientos formando un “canal de humedad” hacia el sudeste, haciendo llover más en Río de Janeiro y São Paulo, y menos en el sur.

No hay consenso sobre si estas sequías e lluvias excesivas se deben al recalentamiento de la Tierra, pero el conocimiento científico actual permite predecir que los llamados eventos climáticos extremos tienden a agravarse en intensidad y frecuencia.

Posibles alteraciones en el ciclo hidrológico y el sistema de lluvias son poco divulgadas entre los efectos de la acción humana sobre el clima, aunque tendrán impacto dramático para al supervivencia en el planeta.

Entre las riquezas naturales de un país o región se sigue mencionando los ríos, lagos y acuíferos, pero casi nunca el régimen de lluvias que alimenta esas “reservas” de agua dulce.

Los brasileños, por ejemplo, se vanaglorian de poseer gran abundancia de agua dulce (12 por ciento del total es la proporción más citada), especialmente en la Amazonia. Pero las sequías comprobaron cuan vulnerable son los ríos por más caudalosos que sean.

Son las lluvias que permiten a Brasil ser un gran productor y exportador agrícola, con un mínimo de área irrigada, solo cerca de cinco por ciento del área cultivada. Esa es una ventaja que se puede perder en buena parte por la deforestación amazónica.

Estudios últimos apuntaron la importancia de la floresta amazónica para generar, por evaporación y transpiración vegetal, sus propias lluvias y gran parte de las que irriga extensas áreas de Brasil y de sus vecinos del sur, exactamente las tierras más productivas de la agricultura sudamericana.

Los vientos que llegan del este recogen la humedad amazónica, sumada a la del océano Atlántico, y se desvían al sur, al encontrar la barrera de la cordillera de los Andes. Se trata de los “ríos voladores”, como los bautizó Gerard Moss, un piloto suizo naturalizado brasileño que en su avión trata de medir la contribución de la floresta a las lluvias que caen en partes de Brasil, siguiendo las nubes.

La expresión adoptada para popularizar el proceso pluvial sirve también a su labor de educación ambiental, a través de charlas y muestras sobre cambio climático y el transporte del agua por los vientos.

“Es necesario cambiar actitudes desde la niñez”, haciendo que los estudiantes comprendan esos mecanismos esenciales para conservar las condiciones de vida, justifica Gross.

Los agricultores brasileños, argentinos y paraguayos deberían aliarse a los ambientalistas en defensa de la Amazonia, al conocer las conclusiones del agrónomo Antonio Nobre, investigador del INPE. Sin las lluvias generadas por la floresta amazónica, buena parte del centro-sur brasileño estaría condenada a la desertificación, advirtió.


Las seguidas sequías amazónicas, en 1998, 2005 y 2010, pueden en parte resultar de la deforestación que ya superó 17 por ciento del área boscosa de la región, reduciendo su capacidad de producir las lluvias esenciales a su vegetación y amenazando romper ese círculo vital.

El clima mundial y el sistema de lluvias en particular exigen algo más que interrumpir la deforestación de la Amazonia. Se debe reforestar y reconstituir biomas para recuperar el equilibrio perdido también en otras partes del mundo, según Nobre.

Es posible “deshacer los desiertos” que reflejan los desequilibrios creados por la actividad humana, para eso ya hay conocimiento científico, confía el investigador, citando reforestaciones que están ganando áreas del desierto del Sahara.

Pero los fracasos de China en recuperar o interrumpir la expansión de sus desiertos demuestran que los monocultivos no resuelven el problema, acotó. Es necesaria la restauración con biodiversidade para restablecer la humedad.

El agua en forma de vapor, en nuestra atmósfera, representa solo 0,001 por ciento del total planetario, un décimo del agua dulce de los lagos, pero aún así es un volumen 10 a 11 veces superior al de los ríos, según estimaciones variadas. Su vital participación en el ciclo hidrológico depende de florestas, océanos, vientos y otros factores que se están alterando peligrosamente


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