El Maestro en Santa Clara

9 02 2009

Tributo a Martí

Martí estuvo este 28 de Enero en Santa Clara.
Lo vi en cada uno de tantos miles de niños que se desplazaron en un desfile interminable por las calles de esta ciudad.
La marcha se realizaba por escuelas, cada una con sus iniciativas.
Vi niñas y niños vestidos de disímiles maneras: unos de mambises, otros como Martí, de médicos, bailarinas, gastronómicos, o con sus uniformes de primaria… ataviados de futuro.
Cantaban, coreaban consignas, repetían versos del autor de La Edad de Oro.
Confieso que me conmovieron especialmente aquellos pequeños discapacitados desfilando en sus sillas de ruedas, conducidos por las madres o las maestras. Uno de ellos, que representaba a Martí con traje oscuro y abundante bigote pintado, disfrutaba como nadie su rol: él era el Maestro, el Héroe de América, y ello bastaba para ser, sencillamente feliz. Rostros alegres, confundidos entre la muchedumbre de colores, cantos y versos, de niños conocedores de que son parte de una sociedad que no los margina, que se desvive por ellos.
Pensé, entonces, en los niños de la Franja de Gaza. Cómo podrá ser el desarrollo psicológico de un pequeño que se ha visto en situación extrema, presa de pánico ante el ruido ensordecedor de aviones que vomitan bombas de todo tipo, fósforo blanco, productos químicos que despedazan y queman.
Quizás, al final de la pesadilla, ¡que amenaza con repetirse!, hayan tenido que decir como el sobreviviente de un campo de exterminio nazi: “Yo tuve la desgracia de sobrevivir al holocausto, dichosos los que murieron”.
Pensé en la infancia iraquí, en la de Afganistán, en tantos que sufren, tan iguales de inocentes a los nuestros, a los de acá, a los de allá, de acullá, porque, a fin de cuentas, ninguno de ellos puede entender las motivaciones que puedan tener los mayores para causarles daño.

Este hombre al que se rinde homenaje lo dejó plasmado para siempre: “Los niños nacen para ser felices” y “Los niños son la esperanza del mundo”, y “Hay un solo niño bello en el mundo, y cada madre lo tiene”.

Siempre que pienso en ello, llego, indefectiblemente, al mismo punto:

¡Qué bueno que mi hijo nació, creció y vive en Cuba!


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