Vivencias…

27 06 2008

nina

Cuando yo era pequeña —tendría entre cinco y ocho años— vivía en el campo con mi madre, mis cuatro hermanos y mi tío. Mi padre había fallecido. Recuerdo que en aquella época los testigos de Jehová visitaban con frecuencia distintas casas de las zonas rurales en su labor de proselitismo.

 Ellos conversaban con mi madre y decían cosas que yo, con mi manía de escuchar conversaciones de adultos, no podía entender, y luego, las procesaba a mi manera.Debo aclarar que respeto profundamente a quienes profesen cualquier creencia, sobre todo siempre que me parezcan sinceros, bien intencionados y consecuentes con su fe.Decían ellos que el mundo se acabaría dentro de poco tiempo y consumido por una bola de fuego; si no lo expresaban de esa forma exactamente, era así como yo lo interpretaba. A eso se agregaba que dejaban una pequeña revista o folleto,  Atalaya, en cuya portada aparecía la imagen de una figura, no recuerdo si femenina o masculina, en un gesto de desesperación, mirando hacia arriba. Para mí era evidente que esperaba algo terrible que debía venir desde allí.Y, como mi mundo era tan pequeño y se circunscribía solo al pedazo de tierra donde vivía, comencé a imaginar que una bola de fuego rodaría por la línea del ferrocarril que separaba mi casa del pobladito de Vega de Palmas, que vendría directo a quemarnos a todos nosotros y a mi humilde casa. Todo ello se me unía con la imagen de la portada de aquella revista que me infundía pavor, y lo único que sabía es que sentía mucho miedo de que ellos vinieran. Esa situación se prolongó durante mucho tiempo, no recuerdo cuánto.

 Por suerte para mí, mi madre se percató de ello cuando, al fin, con cara triste, le pregunté cuándo era que se iba a acabar el mundo con candela.  No olvido aquella carcajada dulce con que me respondió:—Pero niña, tú eres boba, ¿cómo tú vas a creer eso? Entonces, dejé de  torturarme con el asunto. En esa etapa, los niños del campo jugábamos con frecuencia a las escondidas. Claro, no existían los juegos de entretenimientos ni vídeojuegos de hoy. Qué iba a haber si ni siquiera nos llegaba el fluido eléctrico. Nos gustaba perdernos en cuanto escondrijo nos sirviera para nuestro propósito, pero el mejor era la casa de tabaco de un vecino, que así se le llamaba a una especie de rancho grande y rústico destinado a curar el tabaco.

Entonces —¡ay, la ignorancia!—, a mi tío se le ocurrió contarme acerca de unos niños que jugaban a lo mismo que nosotros, y el que se quedaba o debía encontrar a los demás, al tratar de hacerlo vio a una vieja pelú’a, con los colmillos largos, que echaba fuego por los ojos y tenía los dientes encendidos. Hasta allí jugué a los escondidos.

¡Qué manera de enturbiar la inocencia! ¡Qué manera de privar a un niño de su único recurso: precisamente su condición de niño! 

 ¡Qué manera de enturbiar la ingenuidad de la niñez! ¡Qué manera de no permitirle a un niño ser feliz con el único recurso a su disposición: precisamente, su condición de niño!   


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