Había una vez…

22 05 2008

botija de oro

Había una vez una mujer campesina, muy pobre, que quedó viuda con cinco niños pequeños.

 Esa mujer quiso el cielo y todo el firmamento para sus hijos.

 Pero corrían los duros años de la década del 50 en Cuba.

Entonces —como casi siempre sucede en situaciones extremas de la vida—, llegó, solícita, la fantasía a sacarla de apuros y a adornarle los días de miseria.

Le dio por soñar e imaginar que los muertos le ofrecían un dinero. Tan claras fueron sus revelaciones que podía precisar con exactitud los nombres de sus muertos, de dónde venían, cómo se habían marchado de la vida. Eran tres, uno de apellido Medina; otro, Mujica, y un tercero que se niega a dejarse atrapar por mi memoria. Venían de España, y habían caído en suelo cubano, en el siglo XIX, durante la contienda  independentista nuestra.Ellos le dijeron el lugar exacto a donde debía ir a buscar su dinero, nada menos que una botija llena de monedas de oro de las que circulaban en tiempos de la colonia, decía ella.Lo habían enterrado debajo de la mata de mamey colorado, próxima al camino —cómo iban a  trasladarse con tal peso encima—, en la finca de un tal Fleites, cuyo nombre tampoco acude a mi memoria.

Más de una vez intentó desenterrarlo, pero, ya sea porque al tal Fleites le dio por acostarse  más tarde que de costumbre, ya sea porque sus perros ladraron más de lo conveniente, ya sea por quién sabe cuántas razones, nunca lograba su propósito. Mas su optimismo no la abandonaba, y de una cosa estaba segura: más temprano que tarde lo alcanzaría, y eso sin que el tal Fleites lo supiera, porque, en ese caso, habría que compartirlo.

¡Una botija llena de monedas de oro es mucho dinero! Se compraría una casa más bonita que no se pareciera a su bohío, le pagaría una beca a cada uno de sus muchachos para que fueran doctores, se compraría… y, además, se compraría…

Y hasta hubo un momento en que otros muertos concurrieron al convite del reparto y también ellos hicieron su oferta. En un punto convergían todos: el dinero estaba destinado a ella y solo ella podría desenterrarlo.

El tiempo pasó, los muchachos fueron creciendo, y ella continuó soñando.

 Llegó entonces el 1959 cubano…

Transcurrió un tiempito más, y cada uno de la prole tomó el mejor camino que encontró; unos se fueron becados para La Habana, otros para aquí, otros para allá, pero todos estudiaban, aunque ninguno fue doctor.

Cuando los muchachos regresaron a casa, unos, primero; otros, después,  nunca supieron cómo ni cuándo ni por qué los muertos se aburrieron de dar su dinero. No se sabe si se fueron a otra parte a regalarlo o si decidieron volver a España, pero nunca más  se habló del asunto. 

 Y el tal Fleites se murió de viejo sin conocer que en su finca, debajo de la mata de mamey colorado, próxima al camino, había enterrada una botija repleta de monedas de oro de las que circulaban en tiempos de la colonia, como solía decir esa mujer.

Será porque era solo para ella.

                                                                                                  


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2 responses

27 06 2008
Narciso

Mi amiga Oslaida
He disfrutado mucho la lectura de tu relato, tiene ritmo y atrapa a quien le pase la vista.
Narciso

30 12 2008
Carlos M Fleites

Pues a lo mejor era de mi padre, asi que mejor me lo devuelve. Ademas, ellos, mis tios Fleites, de Las Villas!!!!

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